Maldito, ta. Del part. irreg. de maldecir; lat. maledictus.

Decir de una misma que está maldita, aunque sea aplicado únicamente a su oficio, puede sonar un tanto melodramático. Y quizás lo sea. Pero, a veces, es mejor un poco de melodrama que demasiada realidad. O, mejor todavía, ficcionar la realidad, para que sea más fácil de enfrentar, aunque a algunos el relato resultante les pueda sonar a folletín radiofónico.

Con maldición o sin ella, lo que no se puede negar es que desde que terminé mi primera novela, allá por 2010, todo me ha ido de mal en peor, en todos los ámbitos de la vida, no únicamente en los creativos o literarios. Peor todavía se puso la cosa cuando la publiqué, y con cada nuevo proyecto literario ha ido empeorando más y más y más.

Los que aceptan la teoría de la maldición como válida -y, creedme, no son pocos de quienes me conocen-, no acaban de entender por qué no he dejado ya de escribir y he optado por dedicarme a otras cosas en las que la suerte me acompañe, o, al menos, no esté descaradamente en mi contra. Pero, con independencia de que yo misma me crea o no el asunto del maleficio, durante los cinco últimos desastrosos años de mi vida, una de las cosas que más me ha dolido ha sido saber que ni mis libros ni mis blogs estaban disponibles ya para que nadie los leyera.

Y es que ese es el primer pernicioso efecto de la maldición: La imposibilidad de mantener mis libros y escritos disponibles para quien quiera leerlos.

Ojo, que no he dicho la imposibilidad de publicar. Eso sí puedo hacerlo sin problema, más allá de los que cualquier hijo de vecino se pueda encontrar. No, lo que la maldición acarrea es que, una vez publicado el contenido todo conspirará en su contra para que, o bien no esté disponible, o bien, estándolo, sea irrecuperable. ¿Quieres un ejemplo de a qué me refiero? Servidores web que desaparecen, llevándose consigo tu blog y todo su contenido, libros publicados en Amazon que, sin que ni el todopoderoso portal pueda explicarlo, no pueden encontrarse en el buscador ni localizarse a través de enlace directo, páginas web que desaparecen en un abismo de ceros y unos, librerías que equivocan direcciones de envío…

Ante este panorama, mejor no hablemos de las presentaciones de mis libros. En cada una de ellas ha ocurrido un desastre mayor (desde que a mi padre le diagnostiquen un cáncer el mismo día de la presentación y yo rompa a llorar al empezar a hablar, hasta accidentes de coche, cólicos y demás males menores).

A estos hechos directamente relacionados con la escritura o la publicación, que no son todos los acontecidos, pero suficientes para una primera entrada sobre el tema, falta sumar los que se refieren al resto de aspectos de mi vida y que abarcan desde la pérdida de empleo, los accidentes y problemas físicos y, cómo no, también los problemillas personales, que, ya se sabe, con tanto drama, no puede faltar también la parte emocional.

En fin, un maldito desastre, en cuyos detalles prefiero no ahondar, pero que dura ya demasiados años y al que, de alguna manera hay que poner fin.

Este blog es, ni más ni menos, que el primer paso para acabar con esa mala racha y, quién sabe, con la dichosa maldición, si es que la hay. Además, si sale bien el plan, será la crónica escrita de cómo, poco a poco, todos esos proyectos perdidos o desaparecidos, vuelven a la vida.

Esperemos que el conjuro me salga bien y no acabe convirtiendo príncipes en rana o creando ejércitos de zombies. Aunque, quién sabe, quizás ese podría ser un buen argumento para una nueva novela…

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