Amo, hablo, escribo… ¡Y pienso!

No precisamente por placer, estos días estoy asistiendo a un seminario sobre el correcto uso de terminología específica en textos divulgativos, orales o escritos. O, dicho en román paladino, sobre cómo usar el lenguaje con propiedad y sin un excesivo uso de anglicismos o, directamente, palabras en inglés -o cualquier otro idioma, pero sobre todo inglés-, en ámbitos técnicos o científicos. Y sí, de ahí la ausencia de entrada el día de ayer. Por lo visto, el cerebro de una servidora todavía no tiene activada la función de multitarea en lo que a la gestión del blog se refiere.

En fin, a lo que iba, que es al uso del idioma. No seré yo la que diga que no es conveniente usar la terminología adaptada en cada lengua y ámbito, según el caso. Por ejemplo, si podemos usar destrezas, no hay motivo para decir skills -ni el rocambolesco dúo habilidades y capacidades por el que en el ámbito educativo se traduce habitualmente, y que no conduce más que al uso del escueto y cómodo skills o, peor, al absurdo «competencias», que no es más que una mala traducción literal, pero vacía de sentido.

Dicho de otro modo, considero que la mayoría -por no decir todos, los idiomas poseen suficiente variedad de palabras para poder traducir con adecuación casi cualquier término, siempre con excepciones, claro. Aunque, eso sí, cada uno tiene su peculiar color, por decirlo de algún modo. Por ejemplo, difícilmente puede ningún otro idioma occidental ser tan exquisitamente descriptivo y puntilloso como el alemán. Ni casi ninguno tiene la facilidad del inglés para convertir casi cualquier cosa en acción solo añadiendo el recurrido -ing a la palabra en cuestión. Cualquier otra estrategia lingüística, hasta nuestro amado sufijo –ar/-ear (p.e. Postur(a)-ear, del que se ha extraído el archiconocido postureo) palidece ante la versatilidad multipropósito del -ing inglés. Pero, con todo y con eso, todas las lenguas tienen sus estrategias de creación y adaptación de vocablos nuevos y es más que conveniente -y divertido- usarlas. De lo contrario, dicen algunos, las lenguas mueren, aunque yo discrepo firmemente de esa afirmación, pero ese es tema para otra entrada.

Volviendo a la cuestión que nos ocupa, repito, y no me cansaré de decirlo, es preferible usar la versión del idioma que se está usando de cada término o tecnicismo que se utiliza. Por ejemplo, si a este escrito que estás leyendo lo puedo llamar entrada, a qué viene llamarlo post, o si a este blog lo puedo llamar bitácora, el anglicismo no es generalmente necesario y, más bien, es recomendable y enriquecedor usar la versión propia de cada uno de ellos.

Generalmente, he dicho. Porque sí, creo que es enriquecedor hacer el esfuerzo de adaptar, conocer y utilizar los tecnicismos en versión, digamos, patria -aunque el idioma está por encima de esas pamplinadas de himno y bandera-, pero no -repito, NO- creo que haya que obligar o penar el uso del tecnicismo, préstamo lingüístico o directamente palabra foránea, como algunos proponen.

En realidad, aunque fiel defensora del correcto uso del idioma -de cualquier idioma-, una servidora no cree en la reglamentación excesiva, ni en las bonanzas de la normalización, ni siquiera en la existencia de instituciones todopoderosas que con un solo gesto de su mano pueden provocar que caiga una tilde (sólo/solo) o que se acepte una palabra o acepción. Ni mucho menos, por supuesto, creo en la imposición. Es decir, no me gusta la RAE, pero me gusta menos el IEC, cada uno más intrusivo que el anterior.

Es más, defiendo un modelo similar al anglosajón, en el que prima la observación y recomendación basada en el uso, que genera algo similar a la jurisprudencia, sobre la excesiva reglamentación.

De hecho, algunos piensan que el inglés está a la cabeza de creación de neologismos de corte científico-técnico porque «es» el idioma de la ciencia. Yo creo que está a la cabeza porque es flexible y se adapta sin aspavientos a las necesidades de la investigación sin pretender que se haga a la inversa, es decir, que sean los avances los que se adapten al idioma.

A veces, no queda más remedio, sobre todo en investigación, pero también en creación literaria y en cientos de ámbitos más, que usar un anglicismo para diferenciar un término de otro, que a simple vista pueden parecer sinónimos. ¿Traducimos tanto post como twet por entrada? En realidad, ambos son entradas, si nos ceñimos a la definición pura: Publicación de contenido en un medio de la web 2.0. Pero hay una diferencia a causa de la extensión, además del canal ¿no? Hay quien para twet ha propuesto la traducción silbido, pues piído, que es más literal, suena fatal. Pero a mí me suenan igual de mal las dos y usar el larguísimo «mensaje en Twitter» tampoco parece una opción. Pero, lo que es peor, me parece que el uso de estas adaptaciones complica aquello que, al final, es lo más importante: la comunicación efectiva, entendida como aquella en el que el traspaso de información ocurre de manera óptima entre dos o más interlocutores.

Y me pregunto, atendiendo a lo concretísimo del caso (y hay miles de casos así de concretos en continua discusión), no deberíamos asumir que lo más lógico, práctico y, lo más importante, inteligible, es usar el anglicismo twet. Ostras, españolicémoslo, si queremos, escribamos «tuit», pero, por el amor del DRAE, no mareemos a nuestro interlocutor (lector/oyente) con ocurrencias del tipo: «Fulanito pió que menganito está en Suiza», frase, por otro lado, que se merece un facepalm en toda regla (¿vale la pena traducirlo por «manocara» o «palmacara» o, peor, «tortacara»? ¿Se entendería? ¿O conviene usar bofetada y perder parte del significado en la traducción? ¿O quizás se pasará de moda y no volveremos a decir jamás ese palabro?

No sé, creo que amar un idioma es ser capaz de entender que, de vez en cuando, sale con amigos -otras lenguas- y, como en las buenas amistades, algo se pega, a veces bueno, a veces malo, otras diferente. Pero no creo que la radicalidad normativa beneficie a nadie, ni mucho menos al propio idioma. Tal vez, los únicos que salen beneficiados con tanta norma y tanta imposición son aquellos que no tienen la suficiente imaginación ni iniciativa para jugar con el idioma, con respeto y cariño, para, a través de su uso, hacerlo avanzar con sus hablantes -no con cuatro académicos apoltronados en sus butacas- a través de los tiempos.

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