Practicando con el ritmo

Siempre he pensado que el ritmo de las escenas lo impone la historia y que, de alguna manera, es el propio relato, a medida que despliega su argumento, el que obliga al escribiente a alargar o acortar frases, seleccionar unos tiempos verbales u otros, usar ciertos adjetivos, adverbios, sustantivos…

Pero se supone que la práctica más o menos consciente y más o menos meditada es la que permite la interiorización, primero, automatización, después, y, finalmente, la escritura inspirada. Así pues, mientras espero la visita del Muso, quizás con un poco de inspiración bajo el brazo, voy practicando con las técnicas para, con suerte, conseguir dominar el ritmo interno de mis relatos.

La que sigue es, sin más, una práctica de las técnicas de ritmo, creo que bien aplicada, pero no sé si bien conseguida. ¿Notáis diferencia en el ritmo de las escenas? ¿Qué sensación, en cuanto a ritmo, se entiende, os provoca cada una? (Las acotaciones son solo orientativas, claro). Personalmente, esto sí lo puedo avanzar, a mi no me convence ni la una, por confusa, ni la otra, por impersonal. ¿Qué opináis?

Celvermell

Escena 1: Descripción. Ritmo supuestamente lento

Solo eran las seis de la tarde, pero ya hacía un buen rato que el sol había empezado a esconderse detrás de las montañas mientras dejaba tras de sí un rastro rojizo que parecía anunciar el fin del mundo.

Todavía no me había acostumbrado a los breves días de la isla, pero mucho menos al dramatismo de sus atardeceres, que me provocaban una extraña sensación, incómoda como la peor de las resacas y que, igualmente, solo se hacía tolerable con un buen trago de whisky. Lástima que en mis ascenso por la empinada y sinuosa avenida Picasso no hubiera encontrado abierto bar ni comercio alguno en el que hacerme con la cura para esa odiosa sensación. Aunque más extraño era que no me había cruzado con nadie durante la subida y hasta el tráfico se había reducido hasta casi desaparecer en la zona más alta de la ciudad.

Quizás yo no era la única que se veía afectada por aquel incendio celeste que cubría la ciudad y cambiaba su atmósfera hasta convertirla en un lugar distinto del que había sido durante el día y, sobre todo, del que sería durante la noche. Tal vez, al igual que yo lo habría querido, el resto de habitantes de aquella urbe tomada por el vicio también preferían pasar el rato lo más lejos posible del fulgor apocalíptico que todo parecía cubrirlo, como un velo de maldad que se posa sobre aquello que posee y contamina lo que aún no es suyo.

Cuando al fin llegué a lo más alto de la larga avenida y, en un recodo, antes de que la calle iniciara un descenso casi en picado, me encontré frente a la casa que había ido a buscar, pensé que tal vez realmente estaba en lo cierto y que aquel fulgor rojizo, que parecía iniciarse justo en ese lugar, fuera verdaderamente causa o consecuencia del mal que asolaba la ciudad.

El número 1696 elegantemente dibujado con fina caligrafía en uno de los pilares de la puerta de entrada me indicaba que estaba en el lugar adecuado y el otro pilar lo confirmaba mostrando el nombre de la impresionante casa de indiano que se escondía tras las destartaladas cancelas: Celvermell. Cielo rojo, traduje inconscientemente del mallorquín, y, sin darme tiempo a dudar, miré alrededor, para asegurarme que estaba tan sola como creía, y salté la verja.

Escena 2: Acción y lucha. Ritmo supuestamente rápido

Caigo sobre un montón de hojas secas. Crepitan. Busco refugio tras la buganvila a la que pertenecen las hojas caídas. Aguardo un instante para asegurar mi posición, pero de pronto la luz ha cambiado. La oscuridad ha substituido al fulgor rojizo y se ha adueñado de todo. A duras penas puedo ver el descuidado jardín que solo un momento atrás se mostraba claro ante mí. Me asomo y el cielo sigue siendo rojo, aunque la claridad ya no parece capaz de llegar hasta aquí. Pero todo sigue en calma y corro hasta un nuevo refugio tras la palmera que preside el recinto. Allí estoy más cerca de la entrada. Y más expuesta. No me convence el nuevo escondite, pero no tengo opción de buscar uno mejor. Un chirrido advierte que una puerta se abre y un fulgor verde, enfermizo, delata su situación. Es la puerta principal, no hay duda. Hasta tres sombras oscurecen momentáneamente la luz verdosa del portal justo antes de que un golpe seco indique que se ha cerrado. Me pongo en guardia.

Todavía agazapada en la maleza junto a la palmera, contengo la respiración y agarro el mango de mi arma. El ataque será rápido. Pero yo también lo soy.

Una mano gélida agarra mi cuello. Me levanto y uso el impulso para clavar la rodilla en el vientre de mi atacante. Un agudo grito de dolor de mi adversario, apenas humano, rompe el silencio, evidencia la lucha y delata mi posición. Ya no cabe ser cuidadosa. Otra patada derriba a mi contrincante. Lo inmovilizo, rodilla sobre el pecho y antebrazo en el cuello. Forcejea y se retuerce. Incremento el agarre. Alguien viene por detrás pero no tengo tiempo de defenderme. Un agudo dolor en el hombro me paraliza al mismo tiempo que una repentina luz ilumina a la criatura que todavía retengo en el suelo. No es humano. No sé qué es, pero tampoco importa. Clavo el cuchillo en su vientre. En lugar de sangre un humor verdoso y corrosivo brota sin parar del ser y me llena de ampollas allá donde me roza. Pero no puedo preocuparme ahora de eso. Me doy la vuelta y ensarto al ser que me sostiene por detrás. También sangra esa sustancia verdusca y me aparto rápido de él. Pero no llego lejos. Choco contra una pared. O eso pienso hasta que unos brazos grandes y fuertes me inmovilizan y todo se oscurece a mi alrededor.

—Se acabó la fiesta, preciosa —susurra una familiar voz en mi oído mientras me siento desfallecer.

firma

 

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