Cambios

Es curioso ver el modo en que a veces las cosas suceden. Hay temporadas en las que todo es calma -demasiada calma-, las horas se alargan, los días se eternizan, los meses se convierten en estaciones enteras y las estaciones en años. Si hay una palabras que defina estas épocas es monotonía. Todo parece átono y monocromo, la vida es predecible -a veces, asquerosamente predecible- y nada parece haber que uno puedo hacer para variar esa situación de tiempo sostenido, de vida en suspenso.

En cambio, también hay épocas a la inversa, en las que todo parece acelerarse, nada es demasiado fijo ni mucho menos estable y el tiempo se diluye, veloz, en un correr de acciones, un precipitarse de sucesos. Por supuesto, tú no tienes el control, ni provocas los acontecimientos -al menos no ahora ni conscientemente- ni manejas el volante para indicar el rumbo o la dirección.

Pero más curioso todavía que estos dos extremos, son las transiciones entre ellos. Eso, creo, es lo que estoy viviendo yo ahora. Un momento de transición de la más dura y cruda monotonía a otra cosa, desconocida, acelerada, emocionante y desconcertante.

Parece que es época de cambios. Cambio de blog -ya era hora-, de estación, de horario dentro de nada, este pasado fin de semana de ordenador y, mañana, de lugar de trabajo.

Cambios, muchos cambios, que pueden significar muchas cosas, aunque, por el momento, solo implican cierta desubicación y algo de desconcierto.

Me toca, supongo, acostumbrarme a mi nueva realidad y hacerme a ella, adaptarnos mutuamente la una a la otra y, con suerte, hacer de nosotras algo mejor hasta que, con el tiempo, todas estas novedades -el nuevo blog, el nuevo ordenador, el nuevo trabajo, la nueva estación…- parezcan tan monótonas como la realidad que vienen a alterar para indicar que, de nuevo, llega el momento de otra renovación.

Mientras, sigamos disfrutando, escribiendo, aprendiendo.

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El reino maravilloso de la imaginación

He pasado el fin de semana embarcada en la creación de los personajes del proyecto Zarcillo, aunque, quizás, más que de creación, debería hablar de estudio de personajes, pues cada vez que me enfrento a esta tarea acabo preguntándome cuánto hay de inventado y cuánto de inspirado en esos retratos aleatorio de personas que, supuestamente, jamás existieron.

Sé que esto puede sonar extraño, pero más o menos siempre sucede igual. Partes de una idea, muchas veces vaga, poco más que un esbozo de rasgos generales y, quizás, con algún detalle particular más destacado. Poco a poco, tal y como empiezas a completar el cuadro con más detalles sobre el personaje y su papel en tu histria, te ves obligado a investigar, a veces sobre tonterías (¿en qué ciudad nacieron sus padres? ¿Por qué suele vestir de ese modo y no de otro? ¿En qué escuela estudió?), a veces sobre datos más importantes, al menos para tu historia (¿cuál ha sido el verano más caluroso de los últimos años? ¿Qué canción llenaba las pistas ese verano de la ola de calor?), o quizás para nuestro mundo o sociedad (¿cuándo y dónde  ocurrió el primer atentado de ETA? ¿Y el último del GRAPO?).

Por supuesto, todas estas preguntas que debes ir respondiendo para rellenar los huecos y vacíos en la vida de este personaje que estás creando dependen no solo de él o ella, sino de la historia que estás escribiendo, su género, tema, trama y ambientación. Pero nada de eso importa, pues, siempre, de alguna manera fascinante y maravillosa, todos esos datos, los que has buscado concienzudamente o los que has encontrado sin siquiera pretenderlo, parecen encajar de pronto y crear una forma clara e inconfundible que, para colmo, suele coincidir con algún suceso histórico, personaje, lugar o episodio relevante. Cuando llego a ese punto, y siempre llego, en mi cabeza empieza a sonar la sintonía de la dimensión desconocida, ¿la recordáis?

 

De todos modos, no importa tampoco lo mucho o poco que te sorprendas por las coincidencias imposibles, las serendipias encadenadas o las inspiraciones inexplicables, cuando eso ocurre, por lo general, se debe a que tu personaje es más de lo que creías y, mejor, tu historia también. Conviene seguir el hilo de casualidades y ver a dónde lleva, pues suele ser un muy buen lugar, al menos para aquellos a los que nos gustan las buenas historias.

Y así me he pasado los últimos tres días, tirando de un hilo que, con un poco de suerte, no solo me solucionará la historia que tengo en marcha, que es basntante cortita, sino que, además, apunta hacia otra historia, más larga y más compleja, que probablemente me tenga ocupada, como poco, varios meses y, con suerte, varios años.

Dice Stephen King que las historias son como fósiles, cuando las encuentras empiezas a desenterrarlos lentamente, cepillando y limipiando con delicadeza para descubrir qué hay realmente bajo la tierra, y que, hasta que el trabajo no está bastante avanzado, es imposible saber de qué se trata, su tamaño o relevancia. Yo el pasado fin de semana he encontrado un nuevo fósil, tal y como suele ocurrir habitualmente, mientras hacía un simple reconocimiento del terreno y, despistada, buscaba otra cosa. Ahora no tengo más remedio que ponerme manos a la obra e ir desenterrando, con cuidado y delicaceza, el nuevo descubrimiento. A ver qué me ha regalado esta vez el reino maravilloso de la imaginación, la dimensión desconocida 😉

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Ser mujer

He tenido la suerte de crecer sin notar, ver o sentir diferencia alguna entre los varones y yo, creyendo, pensando y sintiendo que realmente somos iguales, en cuanto a capacidades, potencialidades, obligaciones, derechos… Quizás por eso mi adolescencia fue tan difícil. Lo confieso, mis ídolos, los espejos en los que me miraba, nunca o casi nunca tenían nombre de mujer. Eran Arturo Pérez Reverte o Stephen King; Dick Tracy y Batman; Enrique Bunbury y, ahí, sí, por fin una chica, Alaska. El problema, en realidad, era muy simple, a mi me encantaba ser una chica, pero quería encarnar arquetipos tradicionalmente considerados masculinos: Yo era una guerrera, una heroína, hasta una maga. Pero jamás fui una doncella en apuros, una madre, ni una mujer fatal. Lo mío es la acción, no los papeles de secundaria, gracias.

Seguramente por todo eso, entrar en la edad adulta fue un verdadero shock. De pronto, empecé a encontrar limitaciones donde no pensaba que las hubiera y exigencias que a mis iguales de distinto género jamás se les hacían. Lo peor de todo es que la mayor parte de esas limitaciones y exigencias estaban relacionadas con cuestiones personales que, de pronto, cobraban relevancia profesional, como, por ejemplo si tienes pareja o no, si piensas o no tener hijos, si estás casada. Jamás he conseguido comprender qué tipo de importancia puede tener nada de todo eso ya no solo en el terreno profesional, sino también en el personal. ¿De verdad a alguien salvo a mí le importa lo que haya hecho o pretenda hacer con mi útero? ¿En serio es relevante mi estado civil para algo? ¿Y, realmente alguien piensa que, porque soy mujer, sí o sí, tendré hijos algún día, me gustará más que ahora ocuparme de mi casa, o preferiré salir de compras antes que leer una novela? ¿De verdad?

Soy periodista. La información y la comunicación fue mi primer empleo, es mi pasión, y la causa de muchos de mis males, en especial después de la terrible crisis que asoló este país y que, como a tantos otros, me costó el empleo que, dicho sea de paso, a día de hoy todavía no he podido recuperar, o al menos no en cuanto a estabilidad y condiciones. Durante muchos años, los peores de la crisis, pero también los que la siguieron, me he culpado por haber elegido esa profesión, igual que por pretender ser escritora. Tanto me he torturado por ello, que acabé formándome como profesora, pues, imagino, en el fondo de mi ser, pensaba que era más adecuado, que me daría menos problemas, que sería menos complicado, pues, al fin y al cabo, cómo osaba yo pensar que podía aspirar a un trabajo en ese sector.

Pero la realidad es muy cabrona. Ahora, que ya soy oficialmente profesora, pues así consta en todos los títulos oficiales que me he sacado para ello, estoy igual de fastidiada que antes. Con una diferencia. Mi marido, no el vecino del amigo de sultanito, no, no, el hombre con el que comparto mi vida, trabaja de profesor sin tener ni la mitad de títulos de los que tengo yo. Gana el doble por hora que yo. Si en algún momento quiero vivir dignamente de este trabajo, no me queda otra que pasar por la función pública, sea opositando o vía bolsín de interinos.

No me considero feminista. Nunca me he sumado a las reivindicaciones más habituales del movimiento feminista, salvo cuando se trata de casos sangrantes y brutalmente aberrantes. Pero ya va siendo hora de que el mundo que me prometieron de niña, ese en el que no había diferencia alguna entre mujeres y hombres, se vuelva realidad.

Yo mañana paro. Y a partir de aquí, a luchar cada día por una igualdad REAL en TODOS los aspectos de nuestra existencia.

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PS: ¡Ah! Y lo siento por los que puedan pensar que esto es una posición política. No lo es. Se trata, sencillamente, de una posición vital. Quizás, abrir los ojos y volver a mirarse con detalle a uno mismo y alrededor pueda ayudar a notar la diferencia.

Sin tiempo

A veces parece que el reloj se acelera. Las manecillas vuelan, el segundero aprieta el paso y el rítmico tic tac se transforma en un largo y amorfo titat, que parece el grito agónico de un momento moribundo y sin aliento.

Cuando eso ocurre, ni siquiera llego a sentirme como el conejo con prisa que Alicia persigue hasta el País de las Maravillas. ¿O era una liebre? Todo va tan rápido que no hay tiempo para la memoria, y, sin ella, no hay imaginación que valga para hacer más llevadera esta existencia toda máquina.

Hay días, como hoy, en el que el reloj es mi enemigo. Días a los que les han robado las horas. Horas, que han perdido sus minutos. Minutos, que se deshacen en la nada y se descubren vacíos de segundos.

Cuando llego a casa me pregunto dónde esta el freno. ¿Y el stop? ¿Y el standby?  Parece que alguien olvidó inventarlos. O, peor, los escondió para que no los encontrara.

Quizás, quién sabe, la solución sea tirar el reloj por la ventana…

De momento, me conformo con parar, cenar tranquila y descansar hasta mañana. Esperemos que el nuevo día traiga consigo también un nuevo ritmo, a poder ser más pausado, más sereno, mucho menos trastornado.

 

Practicando con el ritmo

Siempre he pensado que el ritmo de las escenas lo impone la historia y que, de alguna manera, es el propio relato, a medida que despliega su argumento, el que obliga al escribiente a alargar o acortar frases, seleccionar unos tiempos verbales u otros, usar ciertos adjetivos, adverbios, sustantivos…

Pero se supone que la práctica más o menos consciente y más o menos meditada es la que permite la interiorización, primero, automatización, después, y, finalmente, la escritura inspirada. Así pues, mientras espero la visita del Muso, quizás con un poco de inspiración bajo el brazo, voy practicando con las técnicas para, con suerte, conseguir dominar el ritmo interno de mis relatos.

La que sigue es, sin más, una práctica de las técnicas de ritmo, creo que bien aplicada, pero no sé si bien conseguida. ¿Notáis diferencia en el ritmo de las escenas? ¿Qué sensación, en cuanto a ritmo, se entiende, os provoca cada una? (Las acotaciones son solo orientativas, claro). Personalmente, esto sí lo puedo avanzar, a mi no me convence ni la una, por confusa, ni la otra, por impersonal. ¿Qué opináis?

Celvermell

Escena 1: Descripción. Ritmo supuestamente lento

Solo eran las seis de la tarde, pero ya hacía un buen rato que el sol había empezado a esconderse detrás de las montañas mientras dejaba tras de sí un rastro rojizo que parecía anunciar el fin del mundo.

Todavía no me había acostumbrado a los breves días de la isla, pero mucho menos al dramatismo de sus atardeceres, que me provocaban una extraña sensación, incómoda como la peor de las resacas y que, igualmente, solo se hacía tolerable con un buen trago de whisky. Lástima que en mis ascenso por la empinada y sinuosa avenida Picasso no hubiera encontrado abierto bar ni comercio alguno en el que hacerme con la cura para esa odiosa sensación. Aunque más extraño era que no me había cruzado con nadie durante la subida y hasta el tráfico se había reducido hasta casi desaparecer en la zona más alta de la ciudad.

Quizás yo no era la única que se veía afectada por aquel incendio celeste que cubría la ciudad y cambiaba su atmósfera hasta convertirla en un lugar distinto del que había sido durante el día y, sobre todo, del que sería durante la noche. Tal vez, al igual que yo lo habría querido, el resto de habitantes de aquella urbe tomada por el vicio también preferían pasar el rato lo más lejos posible del fulgor apocalíptico que todo parecía cubrirlo, como un velo de maldad que se posa sobre aquello que posee y contamina lo que aún no es suyo.

Cuando al fin llegué a lo más alto de la larga avenida y, en un recodo, antes de que la calle iniciara un descenso casi en picado, me encontré frente a la casa que había ido a buscar, pensé que tal vez realmente estaba en lo cierto y que aquel fulgor rojizo, que parecía iniciarse justo en ese lugar, fuera verdaderamente causa o consecuencia del mal que asolaba la ciudad.

El número 1696 elegantemente dibujado con fina caligrafía en uno de los pilares de la puerta de entrada me indicaba que estaba en el lugar adecuado y el otro pilar lo confirmaba mostrando el nombre de la impresionante casa de indiano que se escondía tras las destartaladas cancelas: Celvermell. Cielo rojo, traduje inconscientemente del mallorquín, y, sin darme tiempo a dudar, miré alrededor, para asegurarme que estaba tan sola como creía, y salté la verja.

Escena 2: Acción y lucha. Ritmo supuestamente rápido

Caigo sobre un montón de hojas secas. Crepitan. Busco refugio tras la buganvila a la que pertenecen las hojas caídas. Aguardo un instante para asegurar mi posición, pero de pronto la luz ha cambiado. La oscuridad ha substituido al fulgor rojizo y se ha adueñado de todo. A duras penas puedo ver el descuidado jardín que solo un momento atrás se mostraba claro ante mí. Me asomo y el cielo sigue siendo rojo, aunque la claridad ya no parece capaz de llegar hasta aquí. Pero todo sigue en calma y corro hasta un nuevo refugio tras la palmera que preside el recinto. Allí estoy más cerca de la entrada. Y más expuesta. No me convence el nuevo escondite, pero no tengo opción de buscar uno mejor. Un chirrido advierte que una puerta se abre y un fulgor verde, enfermizo, delata su situación. Es la puerta principal, no hay duda. Hasta tres sombras oscurecen momentáneamente la luz verdosa del portal justo antes de que un golpe seco indique que se ha cerrado. Me pongo en guardia.

Todavía agazapada en la maleza junto a la palmera, contengo la respiración y agarro el mango de mi arma. El ataque será rápido. Pero yo también lo soy.

Una mano gélida agarra mi cuello. Me levanto y uso el impulso para clavar la rodilla en el vientre de mi atacante. Un agudo grito de dolor de mi adversario, apenas humano, rompe el silencio, evidencia la lucha y delata mi posición. Ya no cabe ser cuidadosa. Otra patada derriba a mi contrincante. Lo inmovilizo, rodilla sobre el pecho y antebrazo en el cuello. Forcejea y se retuerce. Incremento el agarre. Alguien viene por detrás pero no tengo tiempo de defenderme. Un agudo dolor en el hombro me paraliza al mismo tiempo que una repentina luz ilumina a la criatura que todavía retengo en el suelo. No es humano. No sé qué es, pero tampoco importa. Clavo el cuchillo en su vientre. En lugar de sangre un humor verdoso y corrosivo brota sin parar del ser y me llena de ampollas allá donde me roza. Pero no puedo preocuparme ahora de eso. Me doy la vuelta y ensarto al ser que me sostiene por detrás. También sangra esa sustancia verdusca y me aparto rápido de él. Pero no llego lejos. Choco contra una pared. O eso pienso hasta que unos brazos grandes y fuertes me inmovilizan y todo se oscurece a mi alrededor.

—Se acabó la fiesta, preciosa —susurra una familiar voz en mi oído mientras me siento desfallecer.

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Acción mejor que palabras

Hoy hace una semana que empecé el Proyecto Zarcillo y ha sido el mejor día de escritura, tanto en cantidad como en calidad. Al fin parece que la historia va saliendo, porque confieso que los primeros días se atascó y hasta me hizo dudar de las posibilidades que tenía. Simplemente había errado el tipo de narrador y el punto de vista, ahora ya está arreglado y parece que al fin la narración fluye con facilidad -¡y el alivio que supone!-.

Precisamente porque hoy ha sido el mejor día de escritura desde que inicié esta nueva historia, he podido comprender que yo no escribo por número de palabras, aunque en ocasiones necesite saber la extensión requerida para adaptar la narración al espacio disponible. No, yo escribo por escenas, o, incluso mejor, por fragmentos, trozos o unidades de acción -o de contenido, si escribo no ficción-, que pueden contener más de una escena -o epígrafe, si es no ficción.

De hecho, no solo es que no escriba por número de palabras, sino que fijarme un objetivo cuantitativo de ese tipo puede llegar a bloquearme. Ojo, no digo que no me vaya bien tener una idea de la extensión que debe tener una escena o unidad de acción en concreto, o incluso un capítulo o la historia entera. No, lo que digo es que a la hora de sentarme a escribir me es mucho más útil y, lo que es más importante, productivo, escribir fijándome en la acción que en la extensión.

Por ejemplo, esta noche cuando me ponga a escribir lo haré para llevar a mi personaje del punto A de la historia, donde lo he dejado ahora, al punto B. Que realice ese recorrido puede llevarme desde diez minutos a varias horas, incluso días, según la complicación de la historia. Del mismo modo, eso puede ocupar un párrafo o varias páginas, pueden ser diez o mil palabras o, quién sabe, muchas más. Y para realizar ese recorrido mi personaje puede necesitar una única escena, varias de ellas o hasta algunos capítulos. Todo depende de la historia.

Incluso me ha ocurrido que la unidad de acción más tonta, como, por ejemplo, que mi protagonista vaya a ver un monumento determinado en la ciudad que visita, acaba desdoblándose cuando me pongo a escribirla y, para mi sorpresa, me descubre que, en realidad, contiene varias escenas, que acabo escribiendo del tirón porque, así de terca soy, me he propuesto llevar al prota del punto A, su hotel, al B, el monumento. Claro que eso implica que…

A1: Se asea en su habitación de hotel y se cambia de ropa.

A2: Baja al hall y se hace con algunos folletos en recepción.

A3: Decide desayunar en la cafetería del hotel antes de salir para ojear los folletos y planear su excursión.

A4: Un misterioso desconocido le ofrece interesantes indicaciones sobre qué es mejor visitar y acaba quedando con él para almorzar.

B1: Mi prota va a visitar el monumento de la discordia, antes de ir a almorzar con el desconocido misterioso.

B2: Se caen bien y mantienen una conversación interesante sobre las catedrales, dios, los ángeles y la investigación de ella.

B3…

Y así es como el propósito «hoy voy a escribir que Luz va a visitar la catedral» acaba convirtiéndose en unas veinte páginas, que es casi todo un capítulo de la novela a la que pertenece ese fragmento.

En cambio, si simplemente me hubiera propuesto escribir mil palabras -o dos mil, o lo que fuera-, seguramente jamás habría acabado de escribir esa novela. Y es muy probable que tampoco lo hubiera hecho si por todo objetivo me hubiera fijado una escena al día.

Así que no, definitivamente yo no escribo por escenas ni por número de palabras, escribo por unidades de acción. Y sí, es posible que eso provoque que me cueste más llevar el blog al día porque me quede enganchada escribiendo mi trozo de historia de turno. Pero, qué queréis que os diga, el blog es un medio, no un fin.

De momento, me conformo con sentir que mi historia avanza y que, -¡al fin!- mi bloqueo de escritora parece estar quedando atrás. ¡Esperemos que la buena racha dure!

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Plomizo

Ya he perdido la cuenta de cuántos días seguidos de nubes, frío y lluvia llevamos. Tengo la sensación de llevar meses encerrada sin ver la luz del sol ni sentir su calor sobre la piel. Sé que no es cierto, pero es difícil luchar contra este invierno que parece haberse metido dentro de mi cuerpo -hasta en los huesos-.

Pero, de todo, lo peor, es este dolor de cabeza que siempre acompaña a los días nublados encadenados, como si mi cerebro se rebelara en contra de la oscuridad y empujara en los bordes del cubículo que lo contiene a ver si así, con suerte, recibe un rayo de sol. A veces creo que lo logrará, que la cabeza me estallará y ya me dará igual si fuera es invierno o verano porque esa plomiza falsa luz, que no es más que oscuridad disfrazada, habrá acabado conmigo.

Dicen que siempre acaba por salir el sol después de la tormenta, pero aquí ni siquiera hemos tenido tormenta -a lo mejor, si la hubiera, ayudaría a atenuar la presión en el interior de mi cabeza-.

Necesito luz. Necesito sol. Necesito calor.

Soy como una planta mediterránea transplantada a un país nórdico.

Quiero volver a casa. Quiero que salga el sol.

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Mi acierto, mi error, mi maldición y mi mayor dolor de cabeza

Este blog se titula diario de una escritora maldita y eso es, en parte, porque tengo una historia maldita con la que no sé qué hacer. A causa de ella he conocido momentos cercanos al éxtasis, pero también dolor como creía que solo un daño físico podía causar. Mi historia es, para qué negarlo, mi gran amor y lo que más odio, aquello que más ansío continuar y terminar, aquello que preferiría no haber conocido jamás y lo que más me alegro de haber escrito. Es, o al menos fue, el gran acierto de mi vida en un momento muy concreto de la misma y el mayor error que jamás he cometido. Pero, sobre todas estas cosas, mi historia es mi maldición y, como tal, mi mayor preocupación y causa de todos mis dolores de cabeza.

Se llamaba, al menos cuando surgió, Ladrones de Almas y era una suerte de novela por entregas de temática fantástica romántica adulta. Cuando la empecé a escribir, estúpida de mí, creía que estaba atascada con la escritura y que aquello no era más que un ejercicio para desatascar mi creatividad. ¡Qué tonta! No tenía ni idea entonces de lo que era un atasco y, lo peor, mi ceguera me impedía ver que, en aquello que yo interpretaba como un ejercicio sin relevancia ni trascendencia, creé el mejor universo que jamás ha salido de mi mente: Atiskaya.

Mientras escribía, al ser un proyecto por entregas, publicaba, primero en Wattpad, después en Kindle, después en una pequeña editorial, que hizo una tirada y retiró el libro sin siquiera permitirme rescatar los ejemplares no vendidos. Claro, yo creía que eso no era nada y no daba importancia a lo que ocurría, pero, en mi inconsciencia, me estaba cargando las posibilidades de mi nuevo gran universo.

La historia de Ladrones de Almas quedó parcialmente terminada, pero, entonces, sucedió lo peor, empecé a avergonzarme de ella. Ya os he dicho que era una novela de fantasía romántica adulta y el problema fue que no me gustaba la temática romántica adulta, pero, además, se me fue la mano con la adultez. En aquel momento no le di importancia -no se la daba a nada- era sencillamente lo que estaba de moda, lo que vendía, y yo, inconsciente, me subí al carro y me estrellé.

Ahora mi universo lleva unos tres o cuatro años durmiendo en un cajón. Ya he perdido la cuenta del tiempo y de las soluciones que he tratado de aplicarle, pero ninguna parece satisfactoria. Os enumero la lista de problemas por si se os ocurre algo que se me haya psado por alto a mí:

  • No puedo presentarlo a ningún concurso, pues no es original.
  • No puedo versionarlo porque para poder hacer algo de provecho con la versión debería cambiar tantos detalles del universo que sentiría que estoy traicionándolo.
  • No puedo publicarlo con mi nombre porque, dado el exceso y tipo de contenido adulto, comprometería mi futuro profesional, al menos como profe de secundaria y análogos.
  • No puedo/quiero publicarlo con seudónimo porque siento que me traiciono a mí misma, que es un trauma interno muy tonto que tengo yo por ahí, supongo que primo-hermano del problema del ego del escritor. Pero, creedme, lo he intentado y no funciona.

Imagino que la mejor solución sería, como diría un amigo mío, que me quitara el pavo de encima y publicara sin más. Al que no le guste que no mire y tal y cual. Pero, qué queréis que os diga, además de maldita, soy una escritora cobarde.

Como último recurso se me ha ocurrido someter el manuscrito a un proceso de edición un tanto radical para quitarle el contenido adulto, o al menos lo más, digamos, explícito. Peeeero, mecachisenlamarsalada, resulta que soy tan marvillosísima creando historias que ese contenido adulto y explícito forma parte sustancial del argumento, es decir, tal y como está ahora la historia no se sostiene sin eso. Dicho de otro modo, debo cambiar o quitar uno de los pilares argumentales más importantes para poder quitar el contenido adulto, vamos, que no es que haya un par de escenas de cama sin las que la historia sigue funcionando, no.

No sé hasta qué punto, siendo la parte adulta de la historia tan fundamental para el argumento como es, quitarla es traicionar al argumento o al universo, pero a mí me suena a que es menos traición que empezar a cambiar todo lo demás. Pero no sé si eso es así o no… En fin, que estoy igual de atascada con este asunto como el primer día.

Mi plan genial, el que se me ocurrió este pasado fin de semana, mientras, por cierto, estaba trabajando en mi historia nueva, la del Proyecto Zarcillo, pasa por editar el manuscrito que tengo guardado, eliminar o suavizar el contenido adulto y enviarlo a una editorial de género fantástico.

Jamás he enviado nada a ninguna editorial, de ningún género, y me muero de terror, sobre todo porque estamos hablando de enviar una historia que ya ha sido publicada en cierto modo, aunque fuera por partes y de forma independiente y amateur. Pero, ¿qué puedo hacer si no?

La idea, como casi todas las que se me ocurren, tiene plan B por si lo de la editorial no sale, pero, mientras, qué se yo. Quizás habría que probarlo…

¡Ojalá en Mago de Oz pudiera darme un poco de valor! Si me atreviera a publicar tal y como está todos los problemas se acabarían… Salvo los que como consecuencia de eso pudieran empezar.

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PS: Quizás me he respondido a mí misma mientras buscaba una foto para ilustrar esta entrada. Me he sentido irrefrenablemente atraída por una de una escultura de Hamlet sosteniendo el cráneo de Yorik. A todos nos iguala la muerte, bufones y príncipes. El problema es que a nadie le gusta ser el bufón de la historia, aunque sepamos el duro camino que le espera al príncipe. Entonces, ¿qué prefiero, vivir feliz y riéndome de mi propia deformidad, como Yorik, o amargada en busca de justicia, como el joven heredero danés?

Día 1: 334 palabras y un montón de nombres propios

Ayer fue el primer día de trabajo en el Proyecto Zarcillo y, aunque debo decir que fue un éxito por el mero hecho de que trabajé y no tiré la toalla, que es un mal vicio al que me había acostumbrado últimamente en lo que escritura se refiere, por otro lado, también fue un poco frustrante, pues, de las 1000 palabras de objetivo propuesto solo salieron 334. Ridículo, ¿verdad?

Pues lo cierto es que, para mi propia sorpresa, no es tan absurdo como parece que en los primeros día de trabajo el ritmo sea así de lentito y, dejadme añadir, desesperante. Y es que, claro, todo está por construir, desde la propia historia que solo es un boceto, ya sea en tu mente, ya en un cuaderno de notas, ya en un documento muy profesional creado a tal efecto. Te lo montes como te lo montes, mientras no está escrito, todo es un boceto. Hasta el propio texto no deja de ser un boceto de sí mismo mientras no está re-que-te-que-corregido y editado.

Y en este océano de provisionalidad, en el que yo no recordaba cuánto costaba que saliera cada dichosa palabra (¿por qué no estoy escribiendo del tirón, como cuando escribo una entrada del blog?), hay una cosa que ralentiza todavía más la marcha, mucho más. Los nombres propios.

Ayer me encontré que mis escasas 334 palabras había unos 10 nombres propios, de personas y de lugares -esos eran los peores-. Por primera vez, mis personajes han requerido de dos apellidos, jamás antes me había pasado. Pero es que también tuve que pensar nombres de empresa y, peor, que tuvieran lógica en el contexto general de la historia.

Vamos, que la experiencia de ayer podría calificarse casi como infernal y, lo admito, estuve tentada varias veces de cambiar la idea de historia, dejarlo para otro día, renunciar al proyecto (total, esos premios nunca se ganan, es un esfuerzo en balde, blablabla).

Pero resistí. Y aquí estoy hoy, escribiendo la entrada que tendría que haber escrito ayer, porque cuando, al fin, acabé (sí, con solo 334 palabras acabé algo, que es lo más increíble de todo), estaba demasiado cansada para escribir nada.

Bueno, veamos cómo se da hoy. De nuevo, el objetivo son 1000 palabras, pero, seamos sinceros, creo que si llego a 500 me daré por satisfecha.

Ea, pues, ¡al tajo!

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